A menudo, solemos toparnos con personas que en su mundo imaginario, son “lo mejor de lo mejor” y se vuelve bastante difícil la convivencia con ellas. Pero el egoísmo no es solo una actitud ajena a nuestra persona ya que en ocasiones, nosotros también solemos desarrollarlo. Son estas conductas egoístas las que no favorecen nuestras relaciones interpersonales ni nuestra vida en sociedad. Basta con que analicemos a consciencia algunas de nuestras actitudes para descubrir que estas destacan por su individualismo y una pizca de egolatría.
El egoísmo es una de las fuentes comunes de conflictos familiares, laborales y colectivos. Si no existiera el egoísmo, tal vez se evitarían numerosos males que asaltan a la sociedad, ya que cuando el hombre piensa y actúa buscando un beneficio para sí, está siendo irrespetuoso, intolerante, y por supuesto poco generoso con quienes le rodean.
El problema con la importancia personal es que uno generalmente se vuelve adicto a la importancia, así como si se tratase de una droga. Muchas veces esta adicción implica la necesidad de demostrar continuamente la importancia de uno mismo en relación con los demás. En casos extremos, los egos fuertes – de donde deriva el egoísmo – son los que inician guerras y manipulan a los demás para su propio beneficio. Los egos fuertes son los que más a menudo, se jactan de ser más grandes, inteligentes o superiores a otras personas.



